¿Compraría usted (o invertiría en) una granja de insectos? Para venderlos luego como alimentos, se supone. Si le dijeran que son una fuente de proteínas que podría resolver un gran problema de acceso en varias partes del mundo y es un mercado con buenas perspectivas, ¿lo consideraría?

 

La idea de comer insectos puede desanimar a algunas personas, pero se están volviendo más interesantes como una fuente nutricional viable y necesaria a medida que la superpoblación y el cambio climático aprietan la producción mundial de alimentos. En comparación, se pueden criar muchos más insectos en infinitamente menos tierra y por muchísimo menos dinero que el que se necesita para —por ejemplo— el ganado, lo que podría aliviar la deforestación en Brasil y África en busca de nuevas tierras para pastizales. Los insectos no emiten nubes de metano de calentamiento global como lo hace el ganado. Además, son una forma económica de producir fertilizantes y alimento para peces cultivados en proyectos de acuicultura, que es otra de las ramas que va en aumento en todo el mundo.

 

Evidentemente, no cualquiera sirve, ni tampoco es que se los vayan a servir crudos en un plato.

 

Desde el punto de vista financiero, los inversores y empresarios están comprometiendo un capital importante para cultivar insectos ricos en proteínas. Astanor Ventures, por nombrar un caso, una empresa con sede en Bruselas, recaudó 325 millones de dólares en 2020 para invertir en nuevas empresas agroalimentarias sostenibles. Una de las empresas de su cartera, Ynsect, está cultivando escarabajos del gusano de la harina por toneladas en Francia para alimentos para mascotas, fertilizantes y harina de pescado. El actor Robert Downey Jr. es uno de los principales inversores de dicha empresa a través de Footprint Coalition.

 

Piénselo un poco. Se sabe que en los países ricos, más del 80 por ciento de los alimentos se pudre antes de llegar a las mesas de los consumidores. Una crisis mundial de producción de alimentos podría convertir a los insectos en una fuente crucial de proteínas en los próximos años, y no ya solo en los países pobres. Incluso si se hicieran insípidos y se integran en otros alimentos, es una gran demanda para varios mercados.

 

Rásquese el bolsillo primero: fondos como Astanor Ventures atienden a familias adineradas que comparten el mismo compromiso con los objetivos de inversión de «impacto» sostenible, pero las personas pueden solicitar la entrada a ellos con una inversión mínima de 250.000 euros, equivalentes a 305 mil dólares. Los que no tengan ese capital libre en el banco tienen otra opción con la británica Eat Grub, vende bolsas de grillos y saltamontes asados, y declaró en su sitio web que planea recaudar dinero a través de crowdfunding a finales de este año.

 

LChR